“Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”
J. B. Watson
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Por qué ellos se orientan mejor y ellas tienen más memoria
domingo, 5 de febrero de 2012
Supermemoria
Así entrené mi supermemoria
JOSHUA FOER 05/02/2012
Dom DeLuise, celebridad con sobrepeso (y cinco de tréboles), ha tomado parte en los siguientes actos indecorosos en mi imaginación: ha lanzado un escupitajo (nueve de tréboles) a la densa cabellera blanca de Albert Einstein (tres de diamantes) y le ha dado una demoledora patada de kárate (cinco de picas) en la entrepierna al papa Benedicto XVI (seis de diamantes). Michael Jackson (rey de corazones) ha observado un comportamiento excéntrico incluso para él. Ha defecado (dos de tréboles) en una hamburguesa de salmón (rey de tréboles) y ha atrapado su flatulencia (dama de tréboles) en un globo (seis de picas).
Este cuadro chabacano, de cuya puesta por escrito no me siento orgulloso, explica en gran medida el improbable sitio en el que me encuentro en este momento. Sentado a mi izquierda está Ram Kolli, un asesor de veinticinco años sin afeitar de Richmond, Virginia, que además es el actual campeón de memoria de Estados Unidos. A mi derecha tengo la cámara de una cadena de televisión nacional por cable. A mis espaldas, donde no puedo verlos ni ellos me pueden molestar, hay alrededor de un centenar de espectadores y un par de comentaristas televisivos que van ofreciendo un análisis de cada una de las pruebas. Uno de ellos es un repeinado locutor de boxeo veterano llamado Kenny Rice, cuya voz bronca, amodorrada, no puede ocultar su desconcierto por esta pandilla de paletos.
En un rincón de la sala se halla el objeto de mis desvelos: un hortera trofeo doble que consiste en una mano plateada con las uñas pintadas de dorado que blande una escalera de color y, en un gesto patriótico, tres águilas calvas posadas justo debajo. Mide casi lo mismo que mi sobrina de dos años (y pesa menos que la mayoría de sus peluches).
Tengo los ojos cerrados. Delante de mí, en una mesa, dispuestos boca abajo entre mis manos, hay dos mazos de cartas barajadas. Dentro de un momento, el jefe de árbitros pondrá en marcha un cronómetro y yo dispondré de cinco minutos para memorizar el orden de ambas barajas.
La increíble historia de cómo acabé en la final del Campeonato de Memoria de Estados Unidos, paralizado y sudando profusamente, empieza un año antes en una carretera nevada del centro de Pensilvania. Había ido en coche desde mi casa, en Washington, hasta la región de Lehigh Valley a entrevistar para la revista Discovery a un físico teórico de la Universidad de Kutztown que había inventado un mecanismo de cámara de vacío que se suponía haría estallar la palomita de maíz más grande del mundo. El recorrido me llevó a buscar al "campeón de inteligencia". En el curso de mis averiguaciones descubrí a un misterioso candidato que era, si no la persona más lista del mundo, por lo menos una especie de genio extravagante. Se llamaba Ben Pridmore y podía memorizar el orden exacto de 1.528 números aleatorios en una hora y -para impresionar a aquellos de nosotros de corte más humanista- cualquier poema que se le diera. Era el actual campeón de memoria del mundo.
En el plazo de cinco minutos podía aprenderse de memoria lo que había sucedido en 96 fechas históricas distintas y se sabía 50.000 dígitos de pi. ¿Acaso no era envidiable? Dejando a un lado un instante el hecho de que se hallaba en el paro temporalmente, ¿cuánto más productivo sería Ben Pridmore?
Aunque a primera vista estas hazañas podrían parecer poco más que trucos de feria -básicamente inútiles y tal vez incluso un tanto penosos-, lo que descubrí al hablar con los competidores fue algo mucho más trascendental, algo que me hizo replantear mis propios límites y la esencia misma de mi educación.
Todos nuestros recuerdos se encuentran entrelazados en una red de asociaciones. Esto no es una simple metáfora, sino un reflejo de la estructura física del cerebro. La masa de 1.300 gramos que corona nuestra columna vertebral se compone de unos 100.000 millones de neuronas, cada una de las cuales puede establecer entre 5.000 y 10.000 sinapsis con otras neuronas. La memoria, en el plano fisiológico más elemental, es un entramado de conexiones entre esas neuronas. Cada sensación que recordamos, cada pensamiento que albergamos, transforman nuestro cerebro al modificar las conexiones dentro de esa vasta red. Cuando haya llegado al final de esta frase, su cerebro habrá experimentado cambios físicos.
A pesar de la evolución vivida en décadas recientes, lo cierto es que nadie ha visto aún una memoria en el cerebro humano. Aunque los avances en el campo de la tecnología de la formación de imágenes han permitido que los neurocientíficos entiendan gran parte de la topografía básica del cerebro y estudios sobre las neuronas nos han proporcionado una idea clara de lo que sucede en el interior de células cerebrales individuales y entre dichas células, la ciencia sigue sin saber con certeza qué sucede en el sistema de circuitos del córtex, la capa arrugada más superficial del cerebro que nos permite pensar en el futuro, hacer divisiones largas y escribir poesía y que almacena la mayor parte de nuestros recuerdos. En lo que respecta a lo que sabemos del cerebro, somos como alguien que mirara una ciudad desde un avión que vuela alto.
Podemos distinguir dónde están las áreas industriales y residenciales, dónde está el aeropuerto, la ubicación de las principales arterias, dónde comienza la periferia. También sabemos con todo detalle cómo son las unidades individuales de la ciudad (los ciudadanos y, en esta metáfora, las neuronas). No obstante, en general, no podemos decir adónde va la gente cuando tiene hambre, cómo se gana la vida o cuál es el recorrido diario que efectúa una persona determinada. El cerebro tiene sentido visto desde muy cerca y desde muy lejos, es la zona intermedia -lo que conforma los pensamientos y la memoria, el lenguaje del cerebro- la que continúa siendo un gran enigma.
Sin embargo, una cosa está clara: la naturaleza asociativa no lineal de nuestro cerebro imposibilita que registremos conscientemente nuestra memoria de un modo ordenado. Un recuerdo solo pasa directamente a la conciencia si le da el pie otro pensamiento o percepción, otro nódulo de esa red interconectada casi ilimitada. De manera que cuando desaparece un recuerdo o tenemos un nombre en la punta de la lengua, su búsqueda puede resultar frustrante y a menudo infructuosa. Dado que nuestros recuerdos no siguen ninguna lógica lineal, no podemos ni buscarlos de manera secuencial ni ojearlos.
Los investigadores sometieron tanto a los atletas mentales como a un grupo equiparable de sujetos de control a sendas resonancias magnéticas y les pidieron que memorizaran números de tres dígitos, fotografías en blanco y negro de rostros de personas e imágenes ampliadas de copos de nieve mientras les escaneaban el cerebro. Cuando los investigadores revisaron los datos obtenidos, no vieron una sola diferencia estructural significativa. El cerebro de los atletas mentales parecía exactamente igual que el de los sujetos de control. Es más, en cada una de las pruebas de capacidad cognitiva general, la puntuación obtenida por los atletas mentales se situaba dentro de los valores normales. Los campeones de memoria no eran más listos ni tenían un cerebro especial.
Pero existía una diferencia reveladora entre los cerebros de los atletas mentales y los sujetos de control: cuando los investigadores observaron qué partes del cerebro se iluminaban cuando los atletas mentales memorizaban, descubrieron que activaban un sistema de circuitos completamente distinto. Según las resonancias magnéticas funcionales, áreas del cerebro que eran menos activas en los sujetos de control parecían funcionar a toda máquina en el caso de los atletas mentales.
Lo sorprendente era que cuando los atletas mentales aprendían algo nuevo hacían uso de varias regiones del cerebro que se sabe que se asocian a dos cometidos específicos: la memoria visual y la memoria espacial. Los atletas mentales dijeron que convertían en imágenes de manera consciente la información que debían memorizar y distribuían dichas imágenes en recorridos espaciales familiares. No realizaban esta operación automáticamente o porque poseyesen un talento innato cultivado desde la infancia.
A la cabeza del renacer del ejercicio de la memoria se sitúa un impecable educador británico de 67 años y gurú autonombrado llamado Tony Buzan, que afirma poseer el "coeficiente de creatividad" más alto del mundo. Cuando lo conocí llevaba un traje azul marino con cinco enormes botones con el reborde dorado y una camisa sin cuello y con otro gran botón en la garganta que le daba el aire de un sacerdote del Este. En la solapa lucía un alfiler con forma de neurona, y en la esfera del reloj se distinguía una reproducción del cuadro de Dalí La persistencia de la memoria (el de los relojes blandos). Llamaba a los competidores "guerreros mentales".
"El cerebro es como un músculo", aseveró, y ejercitar la memoria es una forma de gimnasia mental. Con el tiempo, al igual que con cualquier forma de gimnasia, el cerebro será más capaz, más rápido y más ágil. Acribillé a preguntas a Buzan para que me dijera cuánto costaría aprender esas técnicas. ¿Cómo se ejercitaban los competidores? ¿Cuánto tiempo tardaba en mejorar la memoria? ¿Utilizaban esas técnicas en el día a día? Si de verdad eran tan sencillas y eficaces como él aseguraba, ¿cómo es que yo no había oído nunca hablar de ellas? ¿Por qué no las usábamos todos nosotros?
-Mira, en lugar de hacerme todas esas preguntas, deberías hacer la prueba tú mismo -repuso.
-En teoría, ¿cuánto tardaría alguien como yo en prepararse para el Campeonato de Memoria de Estados Unidos? -le pregunté.
-Si quieres estar entre los tres primeros del campeonato norteamericano, no estaría de más que le dedicaras una hora al día seis días a la semana. Con esa cantidad de tiempo te iría muy bien. Si quisieras participar en el campeonato mundial, tendrías que pasar de tres a cuatro horas al día durante los seis meses previos al campeonato. La cosa se complica.
No tenía ni idea de cómo funcionaba mi propia memoria. ¿Qué es exactamente la memoria? ¿Cómo se crea? ¿Y cómo se almacena? Me había pasado las dos primeras décadas y media de mi vida con una memoria que funcionaba tan a la perfección que nunca había tenido motivo para pararme a pensar en sus mecanismos. Y sin embargo, ahora que me detenía a considerarlo, me daba cuenta de que a decir verdad no funcionaba tan a la perfección. Fallaba estrepitosamente en algunas áreas e iba demasiado bien en otras. Y presentaba muchas rarezas inexplicables. Esa misma mañana se había apoderado de mi cerebro una insoportable canción de Britney Spears que me había obligado a pasar la mayor parte de un trayecto en metro tarareando cuñas publicitarias de Januká en una tentativa de sacármela de la cabeza. ¿A qué venía eso? A decir verdad, ¿por qué no me acordaba de lo que había desayunado el día anterior, aunque recordaba exactamente lo que desayuné hacía cuatro años -cereales Corn Pops, café y un plátano- cuando me dijeron que un avión acababa de estrellarse contra una de las Torres Gemelas? ¿Y por qué siempre se me olvida por qué he abierto la nevera?
Al igual que un ordenador, nuestra capacidad para funcionar en el mundo está limitada por la cantidad de información que podemos barajar simultáneamente. Nuestra vida está estructurada por nuestros recuerdos de acontecimientos. El acontecimiento X sucedió justo antes de las supervacaciones en París. Recordamos los acontecimientos situándolos en el tiempo en relación con otros acontecimientos. Igual que acumulamos recuerdos de datos integrándolos en una red, acumulamos experiencias vitales integrándolas en un entramado de recuerdos cronológicos adicionales. Cuanto más densa es la red, más densa es la experiencia temporal.
Ed Cooke fue uno de los atletas mentales que me enseñaron técnicas de memorización. Ed era un joven gran maestro de Inglaterra. Aseguraba que aprendiendo las técnicas que me iba a enseñar entraría a formar parte de una "orgullosa tradición de memoriosos". La primera de ellas: los palacios de la memoria, un sistema para ordenar en la mente. La idea es crear un lugar que uno conozca bien y pueda visualizar fácilmente, y a continuación poblar ese lugar recreado de imágenes que representen lo que se quiera recordar.
El cuatro veces campeón de memoria de Estados Unidos Scott Hagwood utiliza casas lujosas de la revista Architectural Digest para guardar sus recuerdos. El doctor Yip Swee Chooi, el chispeante campeón de memoria de Malasia, utilizó partes de su cuerpo como lugares que le sirvieran de ayuda a la hora de memorizar las 56.000 palabras de las 1.774 páginas del diccionario Oxford chino-inglés. Se podrían tener docenas, cientos, tal vez incluso miles de palacios de la memoria, cada uno construido para albergar distintos conjuntos de recuerdos.
Si hubiera entrado usted en mi despacho en otoño de 2005, habría visto un post-it -una de mis memorias externas- pegado a la pared por encima de la pantalla del ordenador. Siempre que apartaba la vista de la pantalla veía las palabras "No olvides recordar", una discreta nota que a lo largo de los meses previos al Campeonato de Memoria de Estados Unidos me recordaría que tenía que intentar sustituir mis patrones de indecisión habituales por ejercicios mnemotécnicos más productivos. En lugar de navegar por la web o dar una vuelta a la manzana para descansar la vista, cogía una lista de palabras aleatorias y trataba de memorizarla. En vez de ir al metro con una revista o un libro, sacaba una página de números al azar. ¿Era consciente entonces de lo rarito que me estaba volviendo?
Empecé a intentar utilizar la memoria en la vida cotidiana, incluso cuando no estaba practicando para el puñado de crípticas pruebas que constituirían el campeonato. Los paseos por el barrio se convirtieron en una excusa para memorizar matrículas. Memorizaba las listas de la compra, tenía un almanaque en papel y otro en la cabeza. Siempre que alguien me daba un número de teléfono, lo acomodaba en un palacio de la memoria especial.
Recordar números resultó ser una de las aplicaciones del palacio de la memoria al mundo real en la que confiaba casi a diario. Cuando se trata de memorizar largas series de números, como 100.000 dígitos de pi, la mayoría de los atletas mentales utilizan una compleja técnica, conocida en el Worldwide Brain Club (el foro en línea de los adictos a la memoria, forofos del cubo de Rubik y atletas de las matemáticas) como "persona-acción-objeto", o simplemente PAO. Su linaje se remonta a los sistemas mnemotécnicos de combinación circulares de Giordano Bruno y Ramon Llull.
En el sistema PAO, cada número de dos dígitos del 00 al 99 está representado por una imagen de una persona que ejerce una acción sobre un objeto. El número 34 podría ser Frank Sinatra (una persona) cantando (una acción) con un micrófono (un objeto). De la misma manera, el 13 podría ser David Beckham dándole un puntapié a un balón. El número 79 podría ser Supermán volando con una capa. Cualquier número de seis dígitos, como por ejemplo 34-13-79, se puede convertir a su vez en una única imagen combinando a la persona del primer número con la acción del segundo y el objeto del tercero: en este caso, Frank Sinatra dándole un puntapié a una capa. Si el número fuese 79-34-13, el atleta mental podría visualizar la imagen igualmente extraña de Supermán cantando con un balón de fútbol.
Tras haber dedicado la mayor parte de un año a intentar mejorar la memoria y haber ganado el Campeonato de Memoria de Estados Unidos, volví a la Universidad de Florida para pasar otro día y medio sometiéndome a pruebas por parte de Anders Ericsson y sus estudiantes de posgrado Tres y Katy en el mismo despacho abarrotado donde casi un año antes mi memoria había sido examinada de cabo a rabo. Entonces, ¿había mejorado mi memoria? Según todos los datos objetivos, había mejorado algo. Mi retentiva numérica, el patrón principal por el que se mide la memoria de trabajo, se había duplicado: de nueve a dieciocho.
En comparación con las pruebas de hacía casi un año, era capaz de recordar más versos, más nombres de personas, más datos aleatorios. Y sin embargo, unas noches después del campeonato del mundo salí a cenar con unos amigos, volví a casa en metro y solo cuando entraba por la puerta de la casa de mis padres me acordé de que había ido en coche. No solo había olvidado dónde lo había dejado aparcado: también había olvidado que lo llevaba. Ahí estaba la paradoja: a pesar de todas las proezas de memoria que ahora podía realizar, seguía teniendo la misma mala memoria que hacía que no supiera dónde había dejado las llaves del coche y el coche.
http://www.elpais.com/articulo/portada/entrene/supermemoria/elpepusoceps/20120205elpepspor_10/Tes
lunes, 18 de julio de 2011
La ética y la teoría de la mente
de Apuntes científicos desde el MIT de Pere Estupinya
Imaginad una habitación vacía con sólo una caja, una pelota, y un sofá. Tú, un niño de 3 años, y otro de 5, estáis viendo todo lo que ocurre en ella gracias a una cámara oculta. Empieza la acción.
De repente aparece un chico de 12 años, coge la pelota, la mete dentro de la caja, y sale de la habitación. Un minuto después entre un nuevo chico, saca la pelota de la caja, la esconde detrás del sofá, y se marcha. Pasa otro minuto, y regresa el primer chico de 12 años a recoger su pelota. Se para la acción, y el investigador os pregunta: ¿Dónde irá a buscar la pelota; en la caja o detrás del sofá?
Para ti la respuesta es obvia: “En la caja, que es donde inicialmente la dejó”. Si le preguntas al niño de 5 años que vio toda la secuencia contigo contestará lo mismo: “En la caja, porque es donde cree que está”. Pero atención; si le preguntas al niño de 3 años dará una respuesta diferente: “Detrás del sofá”. Lo dirá él, y todos los niños de 3 años o menos. A esa edad, sus cerebros todavía no han desarrollado la capacidad de abstracción necesaria para introducirse en la mente de otras personas e imaginar qué están pensando. Responden que el chico de 12 años irá a buscar la pelota detrás del sofá, porque allí es donde está la pelota. Son incapaces de entender que alguien tiene “falsas creencias”; que alguien tiene en su cabeza una visión del mundo diferente a la suya. Pero algún cambio ocurre en los cerebros de los niños hacia los 4 años de edad, porque a los cinco todos dan la respuesta correcta. Excepto gran parte de autistas.
Existen múltiples versiones de este sorprendente experimento, denominados “false-belief task”. Ésta en concreto nos la explicó la neurocientífica cognitiva del MIT Rebecca Saxe, hace ya un tiempo durante un seminario en Cambridge. Rebecca investiga una capacidad cognitiva llamada Teoría de la Mente. Tener Teoría de la Mente implica poder reflexionar, y ser conscientes de nuestro estado mental interno y el de otros. Es un campo de investigación antiguo, multidisciplinar, que arranca de manera teórica en la filosofía, y del que desde hace poco existen aproximaciones experimentales.
En concreto, Rebecca Saxe utiliza imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) para escanear cerebros de niños de diferentes edades mientras están realizando tareas cognitivas con “tests de falsas creencias”. Y ganó mucho reconocimiento al descubrir algo muy enigmático: en el neocórtex justo detrás de nuestra oreja derecha tenemos una zona del cerebro implicada directamente en la interpretación de los pensamientos internos de otras personas. Es decir; en intentar comprender qué pasa por la mente de alguien que mira un cuadro, nos habla con tono sospechoso, o planea una jugada en el ajedrez. El área se llama Right Temporoparietal Junction (rTPJ), y Rebecca Saxe demostró que se va desarrollando y especializando durante la infancia y adolescencia.
Pero no sólo eso; en personas adultas, la actividad en la rTPJ parece estar correlacionada con una mayor o menor facilidad para interpretar la mente de los demás. Teniendo en cuenta que dicha capacidad de leer la mente de otros está relacionada con los juicios morales que emitimos sobre sus acciones, el equipo de Rebecca Saxe diseñó una serie de experimentos para poner a prueba su hipótesis. Uno de sus ejemplos:
Imagina que estás observando la siguiente situación: Alba y Carmen son dos becarias que investigan en el mismo laboratorio. No se llevan muy bien, pero justo hoy van a tomar café juntas. Alba prepara los cafés. Ella no toma azúcar, y le pregunta a Carmen cuantas cucharadas quiere. “dos”, responde ella. Entonces, al lado del bote de azúcar, Alba distingue otro bote muy parecido pero con un compuesto químico blancuzco y granulado que resulta ser tóxico y provocar fuertes dolores abdominales. A plena conciencia, Alba pone dos cucharadas del producto tóxico en el café de Carmen, y se lo entrega con una malévola sonrisa. Lo que no sabía Alba es que alguien había cambiado el contenido de ambos botes, y en realidad sí le estaba dando azúcar a Carmen. ¿Qué grado de culpa le otorgas a Alba? Para valorarlo –como ya estarás haciendo- deberás fijarte no sólo en el inocente resultado de su acción, sino también en sus maquiavélicos pensamientos.
Imagína ahora esta otra situación: Alba va a buscar el azúcar para Carmen, y le pone dos cucharadas sin saber que alguien había intercambiado el contenido de los botes. Carmen pasa toda la tarde con dolores “por culpa” de Alba. ¿Qué grado de responsabilidad le otorgas a Alba?
Si un niño de 3 años fuera capaz de entender bien toda la situación, te respondería que en el primer caso Alba no tiene ninguna culpa porque no ha pasado nada, y en el segundo toda por darle un tóxico a Carmen. Ni su área rTPJ, ni su capacidad de interpretar la mente de los demás, están desarrolladas todavía. (con autistas, según este artículo reciente, ocurre algo parecido)
Cuando Rebecca Saxe puso adultos bajo el scanner de fMRI mientras les realizaba cuestiones como ésta, encontró una relación significativa entre la actividad de la rTPJ y la proporción de culpa que daban a Alba en las dos situaciones. Claro que todos la acusaban en la primera situación, y la defendían en la segunda, pero cuanta más actividad tenían en la zona rTPJ, más grado de responsabilidad le otorgaban cuando no provocaba un daño pero sí lo quería, y menos cuando causaba un daño por accidente involuntario.
Pero lo más sorprendente, y por lo que escribo esto hoy: Ayer me enviaron un artículo de Liane Young, una investigadora del grupo de Saxe, que ha conseguido alterar la opinión de la gente sobre la actitud de Alba desactivando la rTPJ con Estimulación Magnética Transcraneal (TMS). El título del paper de PNAS lo dice todo: “Disruption of the right temporoparietal junction with transcranial magnetic stimulation reduces the role of beliefs in moral judgments” (Distorsión del rTPJ con TMS reduce el rol de las creencias en los juicios morales).
La estimulación magnética puede servir para activar o desactivar áreas específicas del cerebro. De la manera que la aplica Liane Young, bloquea específicamente el área implicada en leer la mente de las personas, mientras les planteaba la situación de Alba y Carmen. Resultado: los participantes en el estudio modificaban significativamente sus juicios sobre el grado de culpa de Alba. No llegaban a invertirlo, faltaría más, pero sí había diferencias significativas y solían dar más valor al resultado final de la acción, y menos a la intención oculta de Alba. Impresionante. Como concluye el artículo, podemos manipular el cerebro para disminuir nuestra capacidad de utilizar estados mentales en la elaboración de juicios morales.
Cierto que suena muy reduccionista. No necesariamente lo es. Depende de cómo interpretemos los datos. Que nuestros pensamientos son en última instancia fruto de la actividad del cerebro está fuera de toda duda, y esta es la correlación observada. Pero Saxe y Young reconocen que los cambios son pequeños en la escala de juicios morales. Les resulta interesantísimo para investigar el procesamiento mental de los autistas, para ir comprendiendo un poquito mejor el funcionamiento de nuestro cerebro, y quien sabe, quizás para extraer algunas enseñanzas.
sábado, 16 de julio de 2011
Sobre la lectura
de Xatakaciencia de Sergio Parra
Corre por ahí el bulo de que leer no es para tanto. Que ya existe la televisión, que vivimos en un mundo audiovisual, y que por tanto la lectura es una actividad como cualquier otra, casi un hobbie, algo marginal que irá retrocediendo con el tiempo. Pero no es así.
La lectura de libros o de textos que requieran concentración y tiempo nos permite llegar a lugares a los que otras tecnologías tienen vedado el paso. No sólo se profundiza en asuntos complejos sino incluso en emociones complejas.
Una buena prueba de ello es cómo piensa un lector respecto a un analfabeto. Los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana Feggy Ostrosky-Solís.
Los cerebros de los lectores incluso difieren entre sí según qué lecturas tengan por bagaje. Y no sólo estoy hablando de leer Dostoievsky o Pablo Coelho, sino que influye incluso el idioma en el que leemos.
Los lectores de inglés, por ejemplo, elaboran más las áreas del cerebro asociadas con descifrar las formas visuales que los lectores en lengua italiana. Según se cree, la diferencia radica en el hecho de que las palabras inglesas presentan con más frecuencia una forma que no hace evidente la pronunciación. ¿No habéis visto en las películas que a menudo las personas deben deletrear su nombre para que la otra persona sepa cómo se escribe? Por el contrario, las palabras italianas, así como las españolas, suelen escribirse exactamente como se pronuncian.
Por esa razón, también, los vocabularios de las culturas que aprendían a leer incrementaban sus recursos lingüísticos. Por ejemplo, el vocabulario inglés, limitado a unos pocos miles de palabras, se amplió hasta más de un millón con la proliferación de los libros.
Pero ¿qué pasa exactamente, en tiempo real, en el cerebro de una persona que lee y entiende lo que lee, a diferencia de una persona que simplemente mira las imágenes en una pantalla o escucha las palabras de un cuentista?
En 2009, la revista Psychological Science publicó un estudio al respecto, llevado a cabo en el Laboratorio de Cognición Dinámica de la Universidad de Washington, cuya principal investigadora fue Nicole Speer.
Los lectores simulan mentalmente cada nueva situación que se encuentran en una narración. Los detalles de las acciones y sensaciones registrados en el texto se integran en el conocimiento personal de las experiencias pasadas. Las regiones del cerebro que se activan a menudo son similares a las que se activan cuando la gente realiza, imagina u observa actividades similares en el mundo real.
Y todo esto es así porque leer es una actividad muy poco natural. Imaginaos: ¿acaso nuestros antepasados podían concebir permanecer sentados durante mucho tiempo, sin moverse, con la vista fija en un punto estático en la que no está pasando nada? Es decir: mirando pulpa de árbol prensada manchada con lo que parecen insectos aplastados. Más que un ser humano eso parecería una estatua. Un observador analfabeto no entendería qué mira tanto esa criatura porque todo pasa en su cabeza. De algún modo, el humano lector es casi una nueva especie.
El estado natural del cerebro humano, así como el de la mayoría de los primates, tiende a la distracción. Basta con que aparezca cualquier estímulo interesante, y nuestro cerebro sentirás interés por él, olvidándose de lo que estaba haciendo. Sin embargo, leer un libro requiere de una capacidad de concentración intensa durante un largo periodo de tiempo.
Esta tendencia a distraernos con nuevos estímulos, según la psicología evolutiva, tiene mucho sentido. Nuestros ancestros debían tener cerebros hambrientos de novedades y dispuestos a captar cualquier irregularidad: los objetos estacionarios o invariables forman parte del paisaje y mayormente no se perciben. Los ancestros que no tenían esta capacidad, seguramente tenían mayor probabilidad de morir (por ejemplo, un depredador que acecha) o menor probabilidad de fijarse en una oportunidad (por ejemplo, una fuente cercana de alimentos, lo cual también se traducía en una muerte prematura). Y un ancestro muerto es un ancestro que no se reproduce y que no deja en herencia a su prole sus genes, es decir, rasgos como un cerebro que no tiende a la distracción.
Todos los que en el pasado tenían cerebros predispuestos para la concentración y la linealidad, por tanto, se extinguieron. Nosotros somos descendientes de no lectores. Compartimos sus vetas genéticas. Tal y como señala Nicholas Carr:
Leer un libro significaba practicar un proceso antinatural de pensamiento que exigía atención sostenida, ininterrumpida, a un solo objeto estático. Exigía que los lectores se situaran en lo que el T. S. Eliot de los Cuatro cuartetos llamaba “punto de quietud en un mundo que gira”. Tuvieron que entrenar su cerebro para que hiciese caso omiso de todo cuanto sucedía a su alrededor, resistir la tentación de permitir que su enfoque pasara de una señal sensorial a otra. Tuvieron que forjar o reforzar los enlaces neuronales necesarios para contrarrestar su distracción instintiva, aplicando un mayor “control de arriba abajo” sobre su atención. “La capacidad de concentrarse en una sola tarea relativamente sin interrupciones”, escribe Vaughan Bell, psicólogo del King´s College de Londres, representa “una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico.
Los libros son el equivalente intelectual de los antibióticos, los aditivos o el aire acondicionado. Son una tecnología capaz de diluir un poco más nuestra humanidad de serie y moldear nuestro cerebro para alcanzar finisterres que hace apenas unos siglos eran inalcanzables. Son una tecnología diferente a Internet, la telvisión o el teléfono móvil, así que vale la pena que no la perdamos.
Ni que decir tiene que mucha gente había cultivado una capacidad de atención sostenida mucho antes de que llegara el libro e incluso el alfabeto. El cazador, el artesano, el asceta, todos tenían que entrenar su cerebro para controlar y concentrar su atención. Lo notable respecto de la lectura de libros es que en esta tarea la concentración profunda se combinaba con un desciframiento del texto e interpretación de su significado que implicaban una actividad y una eficiencia de orden mental muy considerables. La lectura de una secuencia de páginas impresas era valiosa no sólo por el conocimiento que los lectores adquirían a través de las palabras del autor, sino por la forma en que esas palabras activaban vibraciones intelectuales dentro de sus propias mentes.
Así, lectores del mundo, antinaturales todos, si pensáis más profundamente es porque leéis más profundamente. Porque, en ocasiones, ser antinatural es lo más de lo más.
martes, 28 de septiembre de 2010
Microsoft researcher converts his brain into 'e-memory'
* Story Highlights
* Microsoft researcher Gordon Bell argues we will soon have searchable memories
* Bell details his ideas in a new co-authored book called "Total Recall"
* Bell has been recording almost every detail of his life digitally for a decade
By John D. Sutter
CNN
(CNN) -- For the past decade, Microsoft researcher Gordon Bell has been moving the data from his brain onto computers -- where he knows it will be safe.
Sure, you could say all of us do this to some extent. We save digital pictures from family events and keep tons of e-mail.
But Bell, who is 75 years old, takes the idea of digital memory to a sci-fi-esque extreme. He carries around video equipment, cameras and audio recorders to capture his conversations, commutes, trips and experiences. Microsoft is working on a SenseCam that would hang around a person's neck and automatically capture every detail of life in photo form. Bell has given that a whirl. He also saves everything -- from restaurant receipts (he takes pictures of them) to correspondence, bills and medical records. He makes PDF files out of every Web page he views.
In sum, this mountain of data -- more than 350 gigabytes worth, not including the streaming audio and video -- is a replica of Bell's biological memory. It's actually better, he says, because, if you back up your data in enough places, this digitized "e-memory" never forgets. It's like having a multimedia transcript of your life.
By about 2020, he says, our entire life histories will be online and searchable. Location-aware smartphones and inexpensive digital memory storage in the "cloud" of the Internet make the transition possible and inevitable. No one will have to fret about storing the details of their lives in their heads anymore. We'll have computers for that. And this revolution will "change what it means to be human," he writes.
Bell, who, along with fellow researcher Jim Gemmell, is the author of a new book called "Total Recall," talked with CNN about the advantages and drawbacks of recording one's life in painstaking digital detail. The following is an edited transcript.
CNN: What have you learned about yourself through this process?
That's been a really hard question to answer. ... The main driver of the recall turns out to be a [computer] screensaver or something where I go looking for [a digital memory] and I find something else. I guess it's the rich set of connections and people that I've been involved with.
CNN: What do you use to record your memories?
In a way, most of what happens during the day is sort of routine -- what you've done before. So I carry the SenseCam only when I think there's an episode or a sequence or a certain set of events that I want to capture and have automatically photographed. But I tend to always carry a camera with me. I live next to a fire station and I've got lots of photos of the hook and ladder coming out of the house. And I like food so I tend to photograph wonderfully presented food all the time. To me those are very pleasant memories.
CNN: If we rely on computers instead of our brains, will humans become mentally sluggish?
That's certainly one of the concerns. I tend to counter that theory. To me, I feel a lot freer. In a way I feel like I still remember all that stuff, but I generally remember that [the computer is] remembering something for me so I can find it.
People have no memory of phone numbers now because of the cell phone -- their address book is in a cell phone. So I don't think they're getting any worse or any less facile about that. What an e-memory does, to me, is gives me a really wonderful free feeling.
CNN: If we all record audio of our lives, do you think conversations will become stilted and fake?
I think there will be a lot of court cases and lawyering around all of that. I'm personally less hung up about that. Certainly, people my age and Baby Boomers are. But the current X-Generation, [they think] this is pretty natural.
CNN: Are you on Facebook and Twitter?
Yeah, I'm on Facebook and Twitter and occasionally I will tweet something. Somehow my problem is that I don't think I have anything interesting to tweet about.
CNN: Should all of our memories and observations be public?
Absolutely not. Our own memories are our own private thing, and how much you choose to have on Facebook or blogs, that's your thing.
CNN: What does your family think about your effort to record everything?
Gradually, everybody is getting this idea. ... Think of it: You are a librarian for your life. Somebody has to be the family librarian.
CNN: Are you worried about losing your memory?
... Forgetting is not a feature, it's a flaw. I don't think forgetting is an important feature of human memory. I think it's important to be able to remember things accurately.
CNN: Are there any memories you deleted?
No. When we were scanning stuff I had written a memo about a company, an unpleasant company -- probably the only company I was ever ashamed to be a part of. ...
I put a note on that file that said, "Don't ever scan or copy this!" My assistant who was doing the scanning ran across this and said, "What do you want me to do with this?" And I said, "Well, gee. This is my life." I said, "It's OK, just go ahead." So it's all there.
CNN: Do you think it's possible for people to turn away from new technologies? Or are advances like "Total Recall" inevitable?
I think it's inevitable because so much content is being created. Virtually everything is coming in digitally -- everything from your photos to your videos to your music. ... I will love that day when the world is just bits. It's the ultimate in green, by the way.
lunes, 22 de febrero de 2010
Descubrimientos interesantes
Dormir para 'vaciar' el hipocampo ... y seguir aprendiendo
"Una noche en vela reduce la capacidad de asimilar conocimientos en casi un 40%", explica el científico Matthew Walker"
MÓNICA SALOMONE - San Diego - 22/02/2010
¿Por qué después de un cierto número de horas consciente el organismo simplemente se duerme? Sigue siendo un misterio, pero hay algunas cuestiones cada vez más claras. Por ejemplo, que el sueño es necesario para aprender. Los trabajos presentados en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS) que se celebra estos días en San Diego (California, EEUU) no sólo lo confirman, sino que investigan qué fases del sueño son las cruciales para el aprendizaje, qué áreas cerebrales están implicadas y si se producen cambios con la edad -como sugiere el hecho de que los bebés duermen mucho más que los ancianos-.El trabajo de Matthew Walker, de la Universidad de California en Berkeley, refuerza la teoría de que el sueño limpia la memoria a corto plazo y deja sitio libre para más información. Los recuerdos de los hechos del día se almacenarían temporalmente en el hipocampo -área identificada hace tiempo como importante en la memoria- para después ser enviados a la corteza prefrontal, que dispone, probablemente, de más capacidad. "Es como si el buzón de correo entrante del hipocampo se llenara, y simplemente no van a entrar mensajes nuevos hasta que se vacíe", dice Walker. "Los recuerdos rebotarán hasta que duermas y los muevas a otra carpeta".
El proceso está íntimamente relacionado con el aprendizaje. En uno de sus experimentos más recientes, Walker hizo que 39 jóvenes aprendieran una tarea específica durante un tiempo determinado, a mediodía. Todos tuvieron resultados similares. Pero a las dos de la tarde la mitad de ellos durmió una siesta y la otra mitad no, y de nuevo a las seis se dedicaron a aprender. Esta vez los que no habían dormido tuvieron resultados peores, mientras que los de la siesta mejoraron.
Así que Walker repite un consejo que no sonará nuevo a los estudiantes: pasar la noche despierto estudiando antes del examen no es en absoluto una buena idea. "Una noche sin dormir reduce la capacidad de asimilar conocimientos en casi un 40%"; las regiones cerebrales implicadas "se cierran" durante la falta de sueño.
Encefalogramas a voluntarios han permitido a este experto descubrir también que la limpieza del buzón del hipocampo tiene lugar sobre todo durante una fase del sueño cuya función hasta ahora no estaba clara, la fase 2 del sueño no-REM. La mitad del tiempo de sueño transcurre en esta fase, explicó Walker, y "no podía creer que la naturaleza dedicara tanto tiempo a algo sin motivo".
sábado, 5 de diciembre de 2009
La ciencia del amor
Aunque no tiene demasiado que ver con lo que estamos viendo ahora, quería subir esto que escribí el año pasado para castellano, pues es muy curioso y seguro que a más de uno le interesa. Así que ahí va:
¿Es el amor un sentimiento? ¿O simplemente una reacción química? El amor es considerado como un conjunto de comportamientos y actitudes involuntarios y desinteresados, que se manifiestan en seres capaces de desarrollar inteligencia emocional. Actualmente hay otra corriente de pensamiento sobre lo que es el amor. Según algunos estudios realizados por neurólogos y científicos americanos “el amor no se registra como un sentimiento tal y como lo hace el odio o la alegría, si no como una necesidad, es decir, se presenta de manera muy similar en el cerebro como lo hace el hambre”.
Los científicos han estudiado el proceso del amor para determinar exactamente lo que sucede en nuestros cerebros. Han descubierto sustancias químicas que causan todo tipo de reacciones.
Deseo
En lo que respecta al deseo, el sentimiento de apetito carnal por otra persona, la sustancia química responsable es la testosterona. Aunque generalmente se asocia la testosterona con los hombres, se señala que tanto las mujeres como los hombres tienen niveles elevados de testosterona cuando se sienten atraídos por alguien.
Amor
El amor romántico es lo que la mayoría de las personas se imaginan cuando piensan en el amor en general. Al aumentar el nivel de ciertas sustancias químicas llamadas dopamina y norepinefrina se produce la sensación de exaltación y éxtasis que muchos de nosotros sentimos al iniciar una nueva relación.
Aunque estar con alguien no parece tener mucho en común con ciertos deportes que implican aventura tales como surfing o alpinismo, los efectos sobre el cerebro son similares. Así, la gente se siente llena de energía, excitada, en la cima del mundo. El amor es emocionante, y el tipo de persona que busca emociones es más propensa a enamorarse.
Pero no todos están tan entusiasmados por aventurarse. Algunas personas se enamoran con más frecuencia que otras. Depende de la personalidad, perspectiva y experiencias pasadas.
Así que la química del amor es una expresión acertada. En la cascada de reacciones emocionales hay electricidad (descargas neuronales) y hay química (hormonas y otras sustancias que participan). Ellas son las que hacen que una pasión amorosa descontrole nuestra vida y ellas son las que explican buena pa
rte de los signos del enamoramiento.
sábado, 28 de noviembre de 2009
El odren no ipmotra... (a veces...)
Sgeun un etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esetn ecsritas en la psiocion cocrrtea.
El rsteo peuden etsar ttaolmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams.
Etso es pquore no lemeos cada ltera por si msima, snio la paalbra en un tdoo. presnoamelnte me preace icrneilbe.
O también este otro, un poco más difícil de seguir al principio:
Parece ser que no leemos letra por letra sino que leemos palabras o grupos de palabras en bloque de manera general y no secuencial... Algo de esto también aparecía en la peli de Más allá del espejo, ¿verdad?
sábado, 7 de noviembre de 2009
Métodos de exploración cerebral
Un encefalograma registra los impulsos eléctricos producidos por la actividad cerebral, generados en forma de ondas de distintos tipos, y sigue sus variaciones en el transcurso del tiempo.
La presencia de ondas anormales ayuda a diagnosticar epilepsias, tumores y otras alteraciones neurológicas.
Tomografía axial computerizada (TAC):
La limitación que presenta es que la visión que se obtiene del cerebro es estática y sólo permite explorar la estructura, pero no la función del cerebro.
Imágenes por resonancia magnética (IRM):
El resultado es una imagen detallada de los tejidos blandos del cerebro.
Esta técnica revela detalles anatómicos y registra información fisiológica y bioquímica de los órganos y tejidos, sin que sea necesaria la inyección de colorantes o sustancias radiactivas. Así, los neuropsicólogos observan el cerebro como si fuera transparente.
Suele utilizarse para observar alteraciones en los tejidos y detectar tumores u otras patologías.
Tomografía por emisión de positrones (TEP):
Los investigadores observan que áreas del cerebro desarrollan más actividad dependiendo de la situación en que se encuentre la persona, esto es cuando sueña, escucha música o lee un libro...
Esta técnica proporciona imágenes de la función encefálica viva, en tiempo real y ha revolucionado el estudio de los procesos cognitivos humanos.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Lóbulos cerebrales

- Lóbulo Parietal. El lóbulo parietal tiene un importante papel en el procesamiento de la información sensorial procedente de varias partes del cuerpo, especialmente la información táctil.
- Lóbulo Temporal. Las principales funciones que residen en el lóbulo temporal tienen que ver con la memoria y con la capacidad auditiva.
- Lóbulo Frontal. El lóbulo frontal se relaciona con el control de los impulsos, el juicio. Los lóbulos frontales asisten el la planificación, coordinación, control y ejecución de las conductas. Afecta a la conducta motora y al pensamiento.

